La «Capa del Monstruo»: Validando el enojo sin lastimar
Por Mariana Roggero | 30 de Julio, 2026 | 4 min de lectura

Cuando la tormenta emocional llega, las palabras lógicas se evaporan. Un berrinche no es un acto de rebeldía, sino un desborde del sistema nervioso. En ese momento, pedirle a un niño que «se calme» es como pedirle a alguien en medio de un huracán que no se moje.
Como facilitadores y padres, el psicodrama infantil nos regala una herramienta clave: la externalización. Si el enojo no es «el niño», sino un «personaje» que toma el control, podemos aprender a jugar con él en lugar de luchar contra él.
“No es el niño quien grita, es el monstruo que necesita voz. Si le damos esa voz de forma segura, el monstruo pierde su poder sobre nosotros.”
Transformación mediante el juego
El uso de telas es nuestra puerta de entrada. Una simple tela o pañuelo puede convertirse en una capa de monstruo o un manto de invisibilidad. Cuando el niño se cubre, la identidad cambia y el permiso para «ser otro» aparece.
Herramientas prácticas:
🎭 El Juego de Voces: Si el monstruo está enojado, que gruña. ¿Qué voz tiene? ¿Es una voz grave, rápida, chirriante? Al poner voz al enojo, estamos sacando la emoción del cuerpo.
🛌 Almohadas y Sábanas: Úsalas para el juego de «aparecer y desaparecer». El berrinche suele tener que ver con la sensación de pérdida de control. Construir un refugio (una cueva con sábanas y cojines) les da un espacio seguro donde pueden procesar su rabia y volver a salir cuando estén listos.
Construyendo el Refugio
Construir un refugio no es solo armar una casita con sábanas; es crear un contenedor emocional. Al invitar al niño a construirlo, le devuelves el sentido de agencia. Él decide quién entra, qué tan oscura es la cueva y cuándo es momento de salir.
La próxima vez que veas que la tormenta se avecina, en lugar de intentar razonar con el huracán, abre el baúl de las telas, busca una sábana y pregunta: «¿Necesitas ayuda para construir tu refugio hoy?». Verás cómo, al transformar la energía del enojo en una estructura física, el berrinche encuentra su cauce y la calma, finalmente, regresa a casa.